LA BELLEZA DE LO PERVERSO


Cuando estaba leyendo a Lucía Berlín, me quedé sujetando aquella frase que no llevaba voz: "El silencio puede ser perverso, condenadamente perverso."

Mientras sujetaba aquella frase, sonó mi celular. Al otro lado de la línea, parecía que el silencio podía rodearnos y, efectivamente, su eco se volvió sonrisa. Recordé aquella charla con mi amigo en una cafetería, y esta se volvió compañía. Sonreímos.


Pero el silencio al que hace referencia Berlín no es el que abraza, sino el que reposa y se hincha con lo que ya no existe. Parece inocente, pero encierra. Castiga. Lleva la ausencia de lo que fue.


¿Podemos encontrar belleza en aquella perversidad?


Quizás una belleza rara, como la luz que se filtra por un vidrio roto. No está en lo que construye, sino en lo que deja al descubierto: una revelación, un recuerdo agradable, el deseo absurdo de sujetar aquello que ya no funciona. ¿Cuál es la trampa?


Querer habitarla.


Tal vez sea mejor observarla de paso, con agrado, con ternura. Porque habitarla… sería admirar la perversidad.

UNA MIRADA A NUESTRO YO


 En Madrid, durante dos meses, descendí hacia ese lugar donde la palabra remueve el alma. En aquel territorio íntimo, hubo siete mujeres que fueron sostén, espejo, abrazo y silencio fértil.


En el Taller de Autoconocimiento en la Escritura, guiado por José Carlos Somoza, aprendí que escribir también es ser mirada, acompañada, desarmada y reconstruida.

Hoy nuestros textos se reúnen en una antología. No es solo un libro: es la huella de un encuentro y la memoria viva de lo que cada una se atrevió a revelar.

Qué dicha haber formado parte de este espacio tan maravilloso, que sin saberlo abrió un lugar para mi “yo” más profundo.

Madrid, 2025

MOVIMIENTO

El silencio habla y fluctúa.

Se expande y quiebra,

un ir y venir de voces no disueltas,

de pupilas que miran y callan.

Aferrado al tiempo, se rompe en verdades.


TORPEZA AMOROSA

Aquí estoy, sentada en el pareo, visualizando el enorme mar, escuchando el ruido de las olas y tratando de descifrar el color perfecto que desdibuja el cielo con el agua. La verdad, nada de esto es poético.

Lo observo a él, saliendo del mar con su traje de surf mientras sujeta la tabla. Estoy segura de que no estoy tratando de adivinar la marca de la malla, sino que bordeo cada músculo apretado con mucha atención. Pero, ¿cómo no mirarlo? Si es guapo, encantador, divertido y rápido para hablar… pero también un gran desastre emocional con bíceps.

Tiene un catálogo de chicas orbitando a su alrededor como moscas alrededor de una copa de vino. No es capaz de poner la mano firme y, con sutileza, esparcir una pequeña corriente de aire para que alcen el vuelo. Y lamentablemente, yo soy una de esas moscas.

O bueno, no. Me considero una mujer que colecciona aventuras. O quizás simplemente estoy aburrida.

Estoy pensando en comentarle a mis amigas sobre este surfista encantador: “Usar para diversión” y agregarle un pequeño post-it de advertencia: “no quedarse sin terapia previa”.

Lo observo en todo el tramo desde el mar hasta la sombrilla. Como es de esperar, no se le escapa la atención femenina; la necesita como una droga de atención para inseguros.

Me dice:
—Ya regreso.

Asiento con la cabeza y lo veo alejarse hacia una sombrilla cercana. Entabla una breve conversación con una mujer, y regresa entusiasmado, como si hubiera tomado la mejor ola. Ella no vuelve a mirarlo. Él tampoco a ella. Se sienta a mi lado y comenta lo hermoso que es estar frente al mar, aunque dudo que, sin esa dosis femenina, hubiera pensado lo mismo.

Me besa con torpeza. Sonrío de lado y pienso que mejor hubiera venido con una amiga, así podríamos reírnos un poco de él. Me abraza. ¡No! Punto débil. Pienso en un hogar, pero él le teme a lo verdadero, por eso no puede ser hogar.

Visualizo a lo lejos un andar que acelera mis latidos. ¡Maldita sea! Mi ex, con su nueva pareja, y yo acompañada del “sigue morras 3 mil”. Digamos que el surfista es muy “atento”.

Se están acercando. ¿Es una broma?
Olvido por unos segundos que el surfista aún me abraza.
¡Camilo!, ¡mi Camilo! Caminando con su sonrisa de ensueño, ligera, y sí, agarrado de la mano de aquella chica.

Ok.

—¿Qué tal, bro? —dice él—. Te presento a mi enamorada.

¿De dónde se conocen? Una gotita de sudor cae por mi espalda:
—Jajaja, se me hace familiar —responde el surfista.

Pienso internamente: Claro, de seguro uno de sus likes generosos mientras agarra el celular sentado en el váter.

Y entonces el surfista agrega:
—Ana, te presento a mi hermana.

Pánico. Sudoración nerviosa. Mirada de error de sistema. De pronto siento muchísimo calor.
Camilo me ignora con naturalidad.

—¡Hola! —lanzo una sonrisa en mute.

Está bien, mucho drama por hoy, me digo interiormente. Esto tiene que saberlo mi mejor amiga para poder reírme a carcajadas. Ahorita no. Ahorita no. (Nudo en la garganta).

Uso el clásico:
—Ya regreso.

Voy al baño, asegurándome de llevar todas mis pertenencias, incluidas las sandalias. Tengo cosas de mujercita en mi bolso, y mi pareo es fundamental para poder hacer una pequeña sombra sobre mi cabeza.

Me levanto con torpeza. Amores torpes, me repito.
Una ojeada alrededor y me subo a la primera combi que encuentro.

Abro el celular y envío un mensaje:
Amiiiiiiiiiiiigaaaaaaaaaaaaaa, ¡a que no sabes lo que pasó!

SOLEDAD


Amar la soledad intacta,
la que canta junto a los lirios,
la que se aferra a la tierra y la siente viva.

Un canto de amor a la vida,
de segundos perpetuando la existencia.

Maravilloso silencio que llena el alma y no la angustia,
que crea y confía,
que hace de la espera polvo inexistente,
porque no huye: atesora.

Se vive con amor, con los ojos abiertos,
con el mundo palpitando sobre pétalos
que brillan en un cuerpo llamado hogar.

BUSCAR

 

Como si mi mirada pudiese traspasar los objetos, busco mi chompa con prisa. Envuelta en el deseo de querer rozar nuevamente mi piel en su textura. ¿Cuándo la vi por última vez?

Con la maleta en el suelo, mis manos se convierten en una danza llena de gracia. La ropa sale como si estuviera recitando un poema, y mis manos fueran las palabras. Experimento el vacío y la belleza del gesto.

Pregunto a mis familiares si la han visto. Tal vez alguien la robó del tendedero, observo a los vecinos con recelo, pero... ¿una chompa? Quizá en ella encontraron lo mismo que yo: abrigo, ligereza y esa extraña comodidad que experimenté en su abrigo.

CONTEMPLAR

 

Mi mirada se desliza sobre el mar, como un deseo mudo,

un estar a los pies de la belleza, del vaivén de las olas.


La soledad se disuelve, la brisa abriga:
un estar en el mundo, para el mundo.


Sintiéndome. Abrazándome.

EL GATO

Recurrí a terapia por aquella ansiedad que se encondía en mi garganta, no podía tragar. Los alimentos circulaban con facilidad por mi boca, pero no podía pasarlos. Estuve por dos largos años sujetando aquel terrible miedo de que pronto moriría atragantada, envuelta en pánico y en medio de un acto tan básico como es alimentarse.

Aquel pánico envolvió mi esencia con facilidad. Llegué al punto en el que ni siquiera podía tomar agua. Mi garganta estaba cerrada, aterrorizada y me sentía culpable. 

Culpable porque durante toda mi adolescencia yo me encargaba de que los alimentos salieran de mi estómago con facilidad; al introducir mi dedo índice y medio con énfasis o simplemente, dejando de comer. Es el karma, me repetía. Mientras sujetaba mi cuerpo, envuelto en tristeza y desesperanza. 

El psicólogo examinó mi infancia:

—¿Cuándo has sentido miedo por primera vez?

Le respondí que no lo recordaba. Intenté soltar su mano con total desprecio, pero él fue capaz de sujetarla y presionarla sobre mis recuerdos:

—Cuando era pequeña, dormía en medio de mis hermanos mayores. Por las noches despertaba con miedo. Buscaba con la mirada algún espacio de la habitación que me brindara confianza, pero, por el contrario. Terminaba por ver la silueta de un gato que no se movía, muy cerca de la ventana.

Entonces bajaba de la cama en total silencio e iba a buscar a mi padre: «papi, papi, tengo mucho miedo». Mi padre ni siquiera me hablaba, se levantaba de la cama, me abrazaba y me llevaba de la mano hacia la habitación, para terminar por dormir con nosotros».

­­—¿Le tienes miedo a los gatos? —me preguntó el psicólogo.

­­—No, de hecho, tuve un gato llamado Tulú y lo amaba. 

Su mano seguía presionando mis recuerdos:

­­—Cuando era más pequeña, mi mamá me decía: «Si no comes, va a venir el gato… miau, miau». La advertencia de su voz era clara, pero lo que me aterraba era la amenaza detrás de esa frase. Si no comía, si no terminaba la comida en mi plato, el gato vendría. ¿Y qué hacía el gato? No lo sabía, pero el simple hecho de que ella lo mencionara, me aterraba. Así que comía con prisa, para evitar que el gato me alcanzara.

El psicólogo me hizo entender que, quizás, ese miedo no venía solo de un gato real. Había algo más detrás de esas noches en que no podía dormir tranquila. Ese gato, que nunca existió más allá de la voz de mi madre o de mis noches llenas de terror, era la voz de mi propio miedo. Miedo a lo desconocido, a no poder tragar nunca más, a enfrentarme a lo incierto.

Era el miedo a mi relación con la comida, con mi cuerpo, con lo que se esperaba de mí. «Comer» no era solo un acto físico, sino una batalla emocional, una forma de protegerme, de evitar el castigo, de huir del gato invisible.

La silueta del gato no ha vuelto a parecer o quizás solamente se esconde de vez en cuando en mi garganta.

LA CARICIA

Hacía un calor insoportable, pero no fue eso lo que me despertó. Abrí los ojos en medio de la oscuridad al sentir una caricia en la frente, apenas un roce. Una presión suave, que fue capaz de aumentar mis pulsaciones. Medio dormido pensé que estaba a punto de salir de un mal sueño, pero volvió rápidamente. Lo sentí muchísimo más claro.

La caricia era tierna y a la vez humana. Mi imaginación empezó a volar envuelta en el miedo de que quizás se tratase de alguna sensación fantasma; mi difunta madre o alguna mujer desconocida con dedos largos y fríos. Capaz de estremecer todo mi ser.

Mi cuerpo permanecía quieto, tragué saliva con dificultad y al mantener la respiración, quise ser capaz de escuchar un ruido, un paso, un murmullo que me indicaran que lo que estaba sucediendo podía ser tangible.

Solamente fui capaz de escuchar el bombardeo agitado de mi corazón y de sentir una sudoración exasperante deslizándose sobre todo mi cuerpo.

Me quedé rondando el silencio. Por un momento quise buscar rápidamente las sábanas y cubrir mi cuerpo en busca de refugio, pero tampoco pude. El miedo seguía inmovilizándome y, aquella caricia parecía no querer desaparecer.

Pasaron unos minutos o tal vez horas, y en un acto de valentía, fui capaz de prender la lámpara de mi mesa de noche. La luz fue un golpe en seco.

Levanté la mirada y allí estaba: un almanaque viejo, pegado con cinta scotch en la pared, se había aflojado, y su borde rozaba con suavidad mi frente.

JUEGOS MECÁNICOS



El deseo se parece a una montaña rusa: una mezcla de miedo y placer. 

El viento golpea los rostros, las risas nerviosas se quiebran entre el bullicio, y la sudoración se desborda entre las manos.

Aquel vértigo parece que no se trata del cuerpo, sino del alma. 

Cuando los gritos se evaporan, llega una calma inesperada.

Observo las luces y me adentro en el miedo colectivo, comprendiendo que tal vez sea necesario lanzarse sin pensarlo demasiado y confiar en que la adrenalina, al final, valdrá la pena.


EL JARDÍN DE LAS DELICIAS

El texto de Susana jugaba a las escondidas, ocultándose detrás de su sonrisa y de una mirada que se deslizaba por cada uno de los siete rostros. 

Estaba segura de que aquellas palabras podían ser indescifrables. Lo cierto es que su pensamiento se encontraba mucho más lejos, diluido en la pintura de un tríptico

Aunque ya lo había observado con detenimiento, le fascinaba la idea de que, cada vez, descubría algo nuevo. Como una delicia para el paladar, la imagen se esparcía por su mente, despertando el deseo de descubrir lo perturbador en una obra que resonaba en sus pensamientos y en sus latidos.

Descendió al infierno con aquellas palabras, abrió senderos luminosos, desnudó la humanidad. Cuando las palabras se agotaron, cerró la libreta y recostó su espalda con comodidad en la silla. Era un acertijo difícil de descifrar.

Las manos de Ana permanecían juntas. Por un momento, me dio la impresión de que estaba rezando un Ave María. Con la mirada llena de luz, soltó las palabras precisas:

—No sé por qué, pero me recuerda al Bosco.

Susana respondió con una sonrisa cargada de asombro:

—¡Qué cabrona!

ENTRE LÍNEAS

 

Mi mirada se desplaza,
sin un punto de partida.

Una pintura expresa
una duda sobre el lienzo.

En medio de dos líneas,
una hoja llama mi atención.

¿Por qué hay una hoja,
si todo aquí es geometría:
cuadrados, líneas,
figuras que se pisan, se esconden,
un caos sobre otro,
un pensamiento sin cierre?

Doy un paso hacia atrás.
El cuadro cambia,
las formas toman sentido.

Ya no hay solo trazos:
aparecen personas en fila,
orden en el desorden.

Entonces me detengo.
No sé si observo una forma
o si es mi reflejo el que duda.

Esa hoja,
sola,
sin razón,
permanece.

(Texto sin adjetivos)
Pintura de Pablo Picasso

LENGUAJE

Presiona el lenguaje, aun con tiempo, entre amapolas y quietud.

Presiona el verbo, escarba el sentir, sin decir nada, sin sentir nada.

Honda, convoca, sé una muestra de gratitud, de gracia exasperante.

Asimila los gestos como un número aislado, como un eco en el vientre.

La mirada quieta, el decir al borde.

Acércate al lenguaje, aunque te ahogues, aunque la sensación se
disuelva.

Escribe vida, sé el gozo de la palabra, el hondo sentir, la paz, y la guerra. 

Sé tú entre la tinta, la gratitud y la melancolía. Escribe cuando no pase nada y se desborde todo. 

Sin sentido, sin pausa, sin ganas. Sé gozo, ternura y duda. Sé tú y la tinta en el mundo agrio, escribe y descubre tu sentir.

Ama la tinta y el fuego, pisa las cenizas. Vuela en paz, en medio de las palabras.

MEMORIA

Una palabra se filtra por la ventana. Una luz suave.

La oscuridad permanece en mi rostro, en mis manos. Escucho una melodía lejana.

La palabra «memoria» cobra sentido: ¿Qué debo recordar?

La luz del móvil se enciende. Ilumina mi rostro. 

Aparece un recordatorio: «Toma las pastillas que se encuentran encima del velador».

Me levanto de la cama. Jalo la cortina. La luz ilumina toda la habitación. Una sensación extraña presiona mi pecho. No recuerdo en dónde estoy, ni siquiera sé si puede haber presencias capaces de asustarme. Salgo en busca de respuestas.

En las escaleras, una niña me sonríe. Me abraza, sus brazos rodean mis piernas. Nuevamente, me siento extraño, parece que me conoce.

Hay personas sentadas alrededor de una mesa, me sonríen y me siento incómodo. He olvidado mi nombre. No creo poder presentarme. 

Los observo con curiosidad y sus sonrisas parecen no querer desvanecerse, me siento a gusto. 

Trato de buscar nuevamente aquella palabra que es capaz de filtrarse por la ventana, pero todo el espacio está iluminado. Decido volver a la habitación. Encima de las pastillas, hay una pequeña nota: «Tienes Alzheimer, papá, toma la medicina y baja cuando te sientas listo».

Me quedo pensativo. Quizás lo importante no sea recordar, sino poder sentirme a gusto con aquellas presencias capaces de sonreírme.  

(Ejercicio de texto, frases cortas. Mayo 2025)

ESCRIBIR

Escribir es regresar al lugar de la catástrofe,

para pisotear las cenizas o revivir el fuego. 


Escribir no siempre sana; también hiere


Escribir abre heridas


Escribir es cuidar la historia, 

defender y odiar a los personajes. 


Escribir es como jugar a las escondidas

puedes llevarte un gran susto cuando relees.

Olvidas el juego en unos días. 


Escribir es saber que del otro lado no hay nadie.


Escribir es buscar contención en la hoja en blanco.


Escribir es renunciar a lo que fuiste.


Escribiendo también callas, omites, existe el mejor no. 

LIRIOS DEL CAMPO



El mes pasado me obsequié un ramo de Lirios del campo (Astromelias), y aunque por años he sostenido la idea de que un ramo de flores es un pésimo presente, no pude huir de aquel acto.

Las compré fuera del cementerio, como si les hubiera propuesto otro destino. Me dijeron que les eche unas gotas de lejía, para que duren más. Pedí prestado un florero y las observé detenidamente, cuestionándome cuántas veces había sido capaz de ignorar su belleza.

Lo cierto es que a la semana, empezaron a caer los pétalos, sentí como si el otoño hubiera llegado, aunque el intenso y pequeño rayo de sol que se filtraba por la ventana, me indicaba duramente que recién había comenzado el verano.

Fui testigo de aquella fragilidad y bastó para prometerme, no volver a obsequiarme flores.

Diario Los Andes, 01 septiembre 2024

- Tus novelas son de drama ¿Qué te atrae de este subgénero narrativo?
Me atrae experimentar emociones vibrantes, la belleza de las palabras en temas complejos y el lugar de comprensión en el que me estaciona. Si bien, nunca he pretendido escribir drama, siento que es la manera en como mi escritura se manifiesta. Lo mismo me sucede en mi preferencia con la lectura, me agrada el realismo, el inconsciente, todo lo que recae en la comprensión y el descubrimiento de nuevas perspectivas del ser humano. 

- En tu novela “Entre Silencios” manejas un drama entre un hijo y su madre
¿Cuáles son tus fuentes de inspiración?
Con esta nueva publicación, encontré la libertad en mi oficio de escritora. Comprendí que no tenía que ser la voz de alguien para llevar a cabo una novela. Analicé mi alrededor y todo lo que he aprendido, adquirido y observado a mis treinta y un años. Ha sido satisfactorio saber, que absolutamente todo nuestro alrededor es material literario, cada persona, gesto y desenlace, es una puerta hacia la escritura. Me inspiré en la pintura, en mis preferencias literarias, personas de mi alrededor y, por supuesto, me apoderé de historias que no me pertenecen, pero que las sentí cercanas.

- Recorres el camino independiente como autora ¿es difícil?
Considero que cuando uno publica, debe de tener muy en claro, cuáles son sus pretensiones con la escritura. En mi caso, es el de poder seguir escribiendo y compartir mi trabajo. Esta nueva experiencia como autora y editora, ha sido muy tediosa, sobre todo la corrección del texto, pero no deja de ser muy satisfactoria. Saber que toda la responsabilidad recae sobre mí, es una experiencia muy grata. Nunca antes había sentido un trabajo tan propio, puesto que me he encargado hasta del diseño gráfico. No considero que sea difícil, solamente se necesita mucho más compromiso e indudablemente, ese compromiso, crea un lazo mucho más cercano, entre el autor y su obra.

- ¿Hay algún tema que se te dificultó al momento de escribir el libro? 
La novela narra la vida de Leandro desde su infancia, en medio de pinturas, caballetes, óleos y aguarrás. Vive con su madre y ella es pintora, sus recuerdos empiezan a tejerse bajo su sombra. Su madre tiene esquizofrenia, jamás se cuestionó si tenía o no, un padre y la manera en como se relaciona con las mujeres, recae en no poder hacerle frente a la soledad. Todos aquellos temas son parte de mi experiencia y vivencia con el arte, cada personaje pudo llevarme a un punto de comprensión impresionante. No considero que hayan sido temas difíciles, puesto que inconscientemente estuve analizándolos por muchos años y para consolidar alguna información, recurrí a abordar aquellos temas con personas de diferentes edades y, sobre todo, leí. Aunque escribir sobre la esquizofrenia, más que ser difícil, fue un tema sumamente complejo y doloroso.

- ¿Piensas que la novela refleja algunas situaciones reales que se viven en las familias?
Sí, refleja la importancia de reconocer y comprender nuestra propia historia. Que para poder vivir en tranquilidad, es necesario reconocer qué han hecho de nuestra infancia, de nuestros recuerdos, a quiénes hemos sujetado de las manos, dónde hemos aprendido y, sobre todo, quiénes fueron capaces de colocar un espejo frente a nosotros, para ayudarnos a reconocer nuestros aciertos y desgracias. Nuestra vida y acciones son un cúmulo de todas nuestras experiencias y ser inconscientes, puede hacer que vivamos en un círculo vicioso, que no nos lleva a ningún lado. Por otro lado, el silencio y la mentira en cualquier núcleo familiar, pueden hacer que cualquier integrante, viva con un miedo latente y con la incomprensión de una vida sin descifrar, por lo cual considero que es muy importante el diálogo y la honestidad.

ENTRE SILENCIOS (2024)

 pág. 23
«La única estrella que titila entre nosotros»
Mi madre despertaba súbitamente al filo de la noche y en el centro de su cerebro, unas voces cautivantes se abrían en un cuerpo a cuerpo: «Eres la peor mujer del universo y en tu ser, está impregnado el mayor de los pecados.»
Su mente ya la había traicionado, sus pupilas se dilataban y sus pulsaciones se agitaban como las alas de una gaviota, sobrevolando el inmenso mar. Cuando llegaba la calma, el sueño abandonaba su cuerpo, pues no existe la comodidad del sueño para una mente atormentada. Llevaba la sensación de que su propio cuerpo le fastidiaba. Trataba de rascarse, subía y bajaba sus manos por su cuerpo con rapidez y terminaba por levantarse de la cama. Caminaba descalza y se dirigía a su estudio, donde observaba uno a uno, los enormes lienzos reposando en los caballetes. Abría los óleos para disolverlos en el aguarrás. El olor característico llegaba hasta mi habitación; el silencio y la noche eran su mejor compañía, las mejores musas. Los pinceles bailaban con facilidad entre sus manos, observaba por la gran ventana que daba hacia la calle por algunos segundos, buscando distraer su mirada y volvía al gran lienzo para detenerse, comprender y expresar en aquella tela, todo lo que su ser gritaba.

NACE UNA NOVELA


El mejor consejo sobre la escritura. Lo recibí de Guillermo, cuando le comenté por WhatsApp que quería escribir una novela para presentarlo a un concurso nacional y no sabía sobre qué escribir. (Siempre he escrito motivada por la voz de algún protagonista).

Me respondió: “No tienes por qué esperar a nadie. Escribe sobre ti, sobre lo que sabes, sobre tu alrededor”.

Mi ser se desplomó sobre el sillón de color plomo rata. Mientras todavía sujetaba el celular en la mano. Mi memoria trajo a mi presente, a aquella presencia masculina que, por tres años, había tratado de deshilachar. La cuál no comprendía del todo y aunque su actuar, estaba muy relacionado al mundo artístico. Sabía que mi obsesión por comprender sus movimientos, podía llegar a su fin, al otorgarle un papel protagónico en una novela. Así, nació Leandro. Cuya sed, se aplaca considerablemente ante la presencia, la atención y la mirada femenina.

Observé mi alrededor, las paredes blancas, sujetan pinturas realizadas por mi hermana. Lo cierto, es que desde que tengo uso de razón, la pintura siempre me ha acompañado. Había realizado un curso de autorretrato en Barcelona y jamás, había contemplado por tantas horas, mi reflejo en el espejo. Reconocí mis facciones, aprendí sobre el lienzo en blanco, sobre los óleos, conocí el olor del aguarrás y cada presencia, me supo demasiado familiar. Anahí, es la mujer que nace de mi experiencia con la pintura, pero sabía que tenía que agregarle un detalle explosivo.

La locura ha bordeado mi escritura por muchos años, al ser una ferviente admiradora de Alejandra Pizarnik y por haberme instalado con facilidad en el descubrimiento del surrealismo. Hace años, escribí algunas frases que iban a darle vida a una novela sobre la esquizofrenia. Lamentablemente, me robaron la laptop. Perdí el avance de mi tesis universitaria y consigo, aquella novela, en que la tinta salpicaba incoherencia.

El plus de toda aquella situación, es que tenía un mes para escribir la novela. Entonces, hice lo que mejor sé hacer: obsesionarme. No dormí, contaba palabras todo el tiempo y aunque pude entrar en el ritmo de las palabras con facilidad, cometí muchos errores. Terminé escribiendo sobre mis miedos y todo lo que he aprendido a mis treinta y un años, pero había algo que no encajaba. Estaba escribiendo para complacer y bajo las normas de un concurso. Era como si yo misma, estuviera limitando mi escritura.

Felizmente y cómo era de esperar, no gané el concurso. Terminé tan asqueada de las palabras, que dejé la novela de lado. A las semanas, se la envié al escritor y amigo, Enrique Momigliano. Él siempre ha sido uno de mis referentes en la escritura y mi asombro, cae en la verdad de sus palabras. Amablemente me envió un video subrayando mis errores y alentándome, puesto que quedó fascinado por el personaje de Anahí y reconoció con facilidad, el actuar de Leandro.

Al mes, me enteré que la Editorial Caja Negra, en dónde había publicado “Rebecca”, era una farsa. Lo curioso, es que fue esa misma Editorial, la que me pidió publicar mi nuevo libro. Sentí cómo mis palabras se hicieron añicos. Mi anterior trabajo, no existe. Ha sido un golpe bajo, de esos que no le deseo a nadie. Volví al insomnio, a corregir mi nuevo libro, con la firmeza, de que publicaré mi novela independientemente y que mis diez años de experiencia, pueden ayudarme.

No sé, cuánto de oscuridad debe de asomarse para finalmente ver la luz. Ni cuántas puertas tienen que cerrarse para abrir la correcta. Lo único real, es que escribo y no puedo dejar de hacerlo.

ESCRIBIR

Alejandra Pizarnik escribió: “Hay demasiados libros, ya todo está escrito, sobre cada cosa, sobre cada
sombra, hay millares de libros.”


Aunque amé el hecho de que su mirada haya permanecido tanto tiempo envuelta en mi escritura, supe que al apartarla; le fue imposible pensar en mí y escarbar en sus pensamientos, si algo de lo que escribí en mis libros, me pertenecía. Trató de atar cabos, recordar nuestras conversaciones y atribuir que mis pensamientos y creencias estaban camufladas en algún protagonista. Cuando me lo preguntó, fue como si mi corazón hubiera sido capaz de hacer un ruido fuerte, romperse, para luego caer al pavimento. Me quedé envuelta en pánico y reflexionando que quizás está mal que escriba drama, que seguro piensa que soy una mujer problemática o que simplemente, no fue capaz de captar la esencia de mi escritura y no haya mayor problema. Aunque muchas veces me formularon aquella pregunta; fue específicamente su duda la que me impactó y simplemente caí en cuenta, que realmente él no me conocía o quizás, era la primera vez que se topaba con un escritor. Solamente atiné a decirle: “No me juzgues, no soy yo.”