LA BELLEZA DE LO PERVERSO


Cuando estaba leyendo a Lucía Berlín, me quedé sujetando aquella frase que no llevaba voz: "El silencio puede ser perverso, condenadamente perverso."

Mientras sujetaba aquella frase, sonó mi celular. Al otro lado de la línea, parecía que el silencio podía rodearnos y, efectivamente, su eco se volvió sonrisa. Recordé aquella charla con mi amigo en una cafetería, y esta se volvió compañía. Sonreímos.


Pero el silencio al que hace referencia Berlín no es el que abraza, sino el que reposa y se hincha con lo que ya no existe. Parece inocente, pero encierra. Castiga. Lleva la ausencia de lo que fue.


¿Podemos encontrar belleza en aquella perversidad?


Quizás una belleza rara, como la luz que se filtra por un vidrio roto. No está en lo que construye, sino en lo que deja al descubierto: una revelación, un recuerdo agradable, el deseo absurdo de sujetar aquello que ya no funciona. ¿Cuál es la trampa?


Querer habitarla.


Tal vez sea mejor observarla de paso, con agrado, con ternura. Porque habitarla… sería admirar la perversidad.

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