UNA MIRADA A NUESTRO YO


 En Madrid, durante dos meses, descendí hacia ese lugar donde la palabra remueve el alma. En aquel territorio íntimo, hubo siete mujeres que fueron sostén, espejo, abrazo y silencio fértil.


En el Taller de Autoconocimiento en la Escritura, guiado por José Carlos Somoza, aprendí que escribir también es ser mirada, acompañada, desarmada y reconstruida.

Hoy nuestros textos se reúnen en una antología. No es solo un libro: es la huella de un encuentro y la memoria viva de lo que cada una se atrevió a revelar.

Qué dicha haber formado parte de este espacio tan maravilloso, que sin saberlo abrió un lugar para mi “yo” más profundo.

Madrid, 2025

MOVIMIENTO

El silencio habla y fluctúa.

Se expande y quiebra,

un ir y venir de voces no disueltas,

de pupilas que miran y callan.

Aferrado al tiempo, se rompe en verdades.


TORPEZA AMOROSA

Aquí estoy, sentada en el pareo, visualizando el enorme mar, escuchando el ruido de las olas y tratando de descifrar el color perfecto que desdibuja el cielo con el agua. La verdad, nada de esto es poético.

Lo observo a él, saliendo del mar con su traje de surf mientras sujeta la tabla. Estoy segura de que no estoy tratando de adivinar la marca de la malla, sino que bordeo cada músculo apretado con mucha atención. Pero, ¿cómo no mirarlo? Si es guapo, encantador, divertido y rápido para hablar… pero también un gran desastre emocional con bíceps.

Tiene un catálogo de chicas orbitando a su alrededor como moscas alrededor de una copa de vino. No es capaz de poner la mano firme y, con sutileza, esparcir una pequeña corriente de aire para que alcen el vuelo. Y lamentablemente, yo soy una de esas moscas.

O bueno, no. Me considero una mujer que colecciona aventuras. O quizás simplemente estoy aburrida.

Estoy pensando en comentarle a mis amigas sobre este surfista encantador: “Usar para diversión” y agregarle un pequeño post-it de advertencia: “no quedarse sin terapia previa”.

Lo observo en todo el tramo desde el mar hasta la sombrilla. Como es de esperar, no se le escapa la atención femenina; la necesita como una droga de atención para inseguros.

Me dice:
—Ya regreso.

Asiento con la cabeza y lo veo alejarse hacia una sombrilla cercana. Entabla una breve conversación con una mujer, y regresa entusiasmado, como si hubiera tomado la mejor ola. Ella no vuelve a mirarlo. Él tampoco a ella. Se sienta a mi lado y comenta lo hermoso que es estar frente al mar, aunque dudo que, sin esa dosis femenina, hubiera pensado lo mismo.

Me besa con torpeza. Sonrío de lado y pienso que mejor hubiera venido con una amiga, así podríamos reírnos un poco de él. Me abraza. ¡No! Punto débil. Pienso en un hogar, pero él le teme a lo verdadero, por eso no puede ser hogar.

Visualizo a lo lejos un andar que acelera mis latidos. ¡Maldita sea! Mi ex, con su nueva pareja, y yo acompañada del “sigue morras 3 mil”. Digamos que el surfista es muy “atento”.

Se están acercando. ¿Es una broma?
Olvido por unos segundos que el surfista aún me abraza.
¡Camilo!, ¡mi Camilo! Caminando con su sonrisa de ensueño, ligera, y sí, agarrado de la mano de aquella chica.

Ok.

—¿Qué tal, bro? —dice él—. Te presento a mi enamorada.

¿De dónde se conocen? Una gotita de sudor cae por mi espalda:
—Jajaja, se me hace familiar —responde el surfista.

Pienso internamente: Claro, de seguro uno de sus likes generosos mientras agarra el celular sentado en el váter.

Y entonces el surfista agrega:
—Ana, te presento a mi hermana.

Pánico. Sudoración nerviosa. Mirada de error de sistema. De pronto siento muchísimo calor.
Camilo me ignora con naturalidad.

—¡Hola! —lanzo una sonrisa en mute.

Está bien, mucho drama por hoy, me digo interiormente. Esto tiene que saberlo mi mejor amiga para poder reírme a carcajadas. Ahorita no. Ahorita no. (Nudo en la garganta).

Uso el clásico:
—Ya regreso.

Voy al baño, asegurándome de llevar todas mis pertenencias, incluidas las sandalias. Tengo cosas de mujercita en mi bolso, y mi pareo es fundamental para poder hacer una pequeña sombra sobre mi cabeza.

Me levanto con torpeza. Amores torpes, me repito.
Una ojeada alrededor y me subo a la primera combi que encuentro.

Abro el celular y envío un mensaje:
Amiiiiiiiiiiiigaaaaaaaaaaaaaa, ¡a que no sabes lo que pasó!

SOLEDAD


Amar la soledad intacta,
la que canta junto a los lirios,
la que se aferra a la tierra y la siente viva.

Un canto de amor a la vida,
de segundos perpetuando la existencia.

Maravilloso silencio que llena el alma y no la angustia,
que crea y confía,
que hace de la espera polvo inexistente,
porque no huye: atesora.

Se vive con amor, con los ojos abiertos,
con el mundo palpitando sobre pétalos
que brillan en un cuerpo llamado hogar.

BUSCAR

 

Como si mi mirada pudiese traspasar los objetos, busco mi chompa con prisa. Envuelta en el deseo de querer rozar nuevamente mi piel en su textura. ¿Cuándo la vi por última vez?

Con la maleta en el suelo, mis manos se convierten en una danza llena de gracia. La ropa sale como si estuviera recitando un poema, y mis manos fueran las palabras. Experimento el vacío y la belleza del gesto.

Pregunto a mis familiares si la han visto. Tal vez alguien la robó del tendedero, observo a los vecinos con recelo, pero... ¿una chompa? Quizá en ella encontraron lo mismo que yo: abrigo, ligereza y esa extraña comodidad que experimenté en su abrigo.

CONTEMPLAR

 

Mi mirada se desliza sobre el mar, como un deseo mudo,

un estar a los pies de la belleza, del vaivén de las olas.
La soledad se disuelve, la brisa abriga:
un estar en el mundo, para el mundo.
Sintiéndome. Abrazándome.

EL GATO

Recurrí a terapia por aquella ansiedad que se encondía en mi garganta, no podía tragar. Los alimentos circulaban con facilidad por mi boca, pero no podía pasarlos. Estuve por dos largos años sujetando aquel terrible miedo de que pronto moriría atragantada, envuelta en pánico y en medio de un acto tan básico como es alimentarse.

Aquel pánico envolvió mi esencia con facilidad. Llegué al punto en el que ni siquiera podía tomar agua. Mi garganta estaba cerrada, aterrorizada y me sentía culpable. 

Culpable porque durante toda mi adolescencia yo me encargaba de que los alimentos salieran de mi estómago con facilidad; al introducir mi dedo índice y medio con énfasis o simplemente, dejando de comer. Es el karma, me repetía. Mientras sujetaba mi cuerpo, envuelto en tristeza y desesperanza. 

El psicólogo examinó mi infancia:

—¿Cuándo has sentido miedo por primera vez?

Le respondí que no lo recordaba. Intenté soltar su mano con total desprecio, pero él fue capaz de sujetarla y presionarla sobre mis recuerdos:

—Cuando era pequeña, dormía en medio de mis hermanos mayores. Por las noches despertaba con miedo. Buscaba con la mirada algún espacio de la habitación que me brindara confianza, pero, por el contrario. Terminaba por ver la silueta de un gato que no se movía, muy cerca de la ventana.

Entonces bajaba de la cama en total silencio e iba a buscar a mi padre: «papi, papi, tengo mucho miedo». Mi padre ni siquiera me hablaba, se levantaba de la cama, me abrazaba y me llevaba de la mano hacia la habitación, para terminar por dormir con nosotros».

­­—¿Le tienes miedo a los gatos? —me preguntó el psicólogo.

­­—No, de hecho, tuve un gato llamado Tulú y lo amaba. 

Su mano seguía presionando mis recuerdos:

­­—Cuando era más pequeña, mi mamá me decía: «Si no comes, va a venir el gato… miau, miau». La advertencia de su voz era clara, pero lo que me aterraba era la amenaza detrás de esa frase. Si no comía, si no terminaba la comida en mi plato, el gato vendría. ¿Y qué hacía el gato? No lo sabía, pero el simple hecho de que ella lo mencionara, me aterraba. Así que comía con prisa, para evitar que el gato me alcanzara.

El psicólogo me hizo entender que, quizás, ese miedo no venía solo de un gato real. Había algo más detrás de esas noches en que no podía dormir tranquila. Ese gato, que nunca existió más allá de la voz de mi madre o de mis noches llenas de terror, era la voz de mi propio miedo. Miedo a lo desconocido, a no poder tragar nunca más, a enfrentarme a lo incierto.

Era el miedo a mi relación con la comida, con mi cuerpo, con lo que se esperaba de mí. «Comer» no era solo un acto físico, sino una batalla emocional, una forma de protegerme, de evitar el castigo, de huir del gato invisible.

La silueta del gato no ha vuelto a parecer o quizás solamente se esconde de vez en cuando en mi garganta.

LA CARICIA

Hacía un calor insoportable, pero no fue eso lo que me despertó. Abrí los ojos en medio de la oscuridad al sentir una caricia en la frente, apenas un roce. Una presión suave, que fue capaz de aumentar mis pulsaciones. Medio dormido pensé que estaba a punto de salir de un mal sueño, pero volvió rápidamente. Lo sentí muchísimo más claro.

La caricia era tierna y a la vez humana. Mi imaginación empezó a volar envuelta en el miedo de que quizás se tratase de alguna sensación fantasma; mi difunta madre o alguna mujer desconocida con dedos largos y fríos. Capaz de estremecer todo mi ser.

Mi cuerpo permanecía quieto, tragué saliva con dificultad y al mantener la respiración, quise ser capaz de escuchar un ruido, un paso, un murmullo que me indicaran que lo que estaba sucediendo podía ser tangible.

Solamente fui capaz de escuchar el bombardeo agitado de mi corazón y de sentir una sudoración exasperante deslizándose sobre todo mi cuerpo.

Me quedé rondando el silencio. Por un momento quise buscar rápidamente las sábanas y cubrir mi cuerpo en busca de refugio, pero tampoco pude. El miedo seguía inmovilizándome y, aquella caricia parecía no querer desaparecer.

Pasaron unos minutos o tal vez horas, y en un acto de valentía, fui capaz de prender la lámpara de mi mesa de noche. La luz fue un golpe en seco.

Levanté la mirada y allí estaba: un almanaque viejo, pegado con cinta scotch en la pared, se había aflojado, y su borde rozaba con suavidad mi frente.

JUEGOS MECÁNICOS



El deseo se parece a una montaña rusa: una mezcla de miedo y placer. 

El viento golpea los rostros, las risas nerviosas se quiebran entre el bullicio, y la sudoración se desborda entre las manos.

Aquel vértigo parece que no se trata del cuerpo, sino del alma. 

Cuando los gritos se evaporan, llega una calma inesperada.

Observo las luces y me adentro en el miedo colectivo, comprendiendo que tal vez sea necesario lanzarse sin pensarlo demasiado y confiar en que la adrenalina, al final, valdrá la pena.


EL JARDÍN DE LAS DELICIAS

El texto de Susana jugaba a las escondidas, ocultándose detrás de su sonrisa y de una mirada que se deslizaba por cada uno de los siete rostros. 

Estaba segura de que aquellas palabras podían ser indescifrables. Lo cierto es que su pensamiento se encontraba mucho más lejos, diluido en la pintura de un tríptico

Aunque ya lo había observado con detenimiento, le fascinaba la idea de que, cada vez, descubría algo nuevo. Como una delicia para el paladar, la imagen se esparcía por su mente, despertando el deseo de descubrir lo perturbador en una obra que resonaba en sus pensamientos y en sus latidos.

Descendió al infierno con aquellas palabras, abrió senderos luminosos, desnudó la humanidad. Cuando las palabras se agotaron, cerró la libreta y recostó su espalda con comodidad en la silla. Era un acertijo difícil de descifrar.

Las manos de Ana permanecían juntas. Por un momento, me dio la impresión de que estaba rezando un Ave María. Con la mirada llena de luz, soltó las palabras precisas:

—No sé por qué, pero me recuerda al Bosco.

Susana respondió con una sonrisa cargada de asombro:

—¡Qué cabrona!

ENTRE LÍNEAS

 

Mi mirada se desplaza,
sin un punto de partida.

Una pintura expresa
una duda sobre el lienzo.

En medio de dos líneas,
una hoja llama mi atención.

¿Por qué hay una hoja,
si todo aquí es geometría:
cuadrados, líneas,
figuras que se pisan, se esconden,
un caos sobre otro,
un pensamiento sin cierre?

Doy un paso hacia atrás.
El cuadro cambia,
las formas toman sentido.

Ya no hay solo trazos:
aparecen personas en fila,
orden en el desorden.

Entonces me detengo.
No sé si observo una forma
o si es mi reflejo el que duda.

Esa hoja,
sola,
sin razón,
permanece.

(Texto sin adjetivos)
Pintura de Pablo Picasso

LENGUAJE

Presiona el lenguaje, aun con tiempo, entre amapolas y quietud.

Presiona el verbo, escarba el sentir, sin decir nada, sin sentir nada.

Honda, convoca, sé una muestra de gratitud, de gracia exasperante.

Asimila los gestos como un número aislado, como un eco en el vientre.

La mirada quieta, el decir al borde.

Acércate al lenguaje, aunque te ahogues, aunque la sensación se
disuelva.

Escribe vida, sé el gozo de la palabra, el hondo sentir, la paz, y la guerra. 

Sé tú entre la tinta, la gratitud y la melancolía. Escribe cuando no pase nada y se desborde todo. 

Sin sentido, sin pausa, sin ganas. Sé gozo, ternura y duda. Sé tú y la tinta en el mundo agrio, escribe y descubre tu sentir.

Ama la tinta y el fuego, pisa las cenizas. Vuela en paz, en medio de las palabras.