Karem Fernández-Dávila Barahona
18/09/1992
UNA MIRADA A NUESTRO YO
MOVIMIENTO
El silencio habla y fluctúa.
Se expande y quiebra,
un ir y venir de voces no disueltas,
de pupilas que miran y callan.
Aferrado al tiempo, se rompe en verdades.
TORPEZA AMOROSA
Aquí estoy, sentada en el pareo, visualizando el enorme mar, escuchando el ruido de las olas y tratando de descifrar el color perfecto que desdibuja el cielo con el agua. La verdad, nada de esto es poético.
Lo observo a él, saliendo del mar con su traje de surf
mientras sujeta la tabla. Estoy segura de que no estoy tratando de adivinar la
marca de la malla, sino que bordeo cada músculo apretado con mucha atención.
Pero, ¿cómo no mirarlo? Si es guapo, encantador, divertido y rápido para hablar…
pero también un gran desastre emocional con bíceps.
Tiene un catálogo de chicas orbitando a su alrededor como
moscas alrededor de una copa de vino. No es capaz de poner la mano firme y, con
sutileza, esparcir una pequeña corriente de aire para que alcen el vuelo. Y
lamentablemente, yo soy una de esas moscas.
O bueno, no. Me considero una mujer que colecciona
aventuras. O quizás simplemente estoy aburrida.
Estoy pensando en comentarle a mis amigas sobre este
surfista encantador: “Usar para diversión” y agregarle un pequeño post-it de
advertencia: “no quedarse sin terapia previa”.
Lo observo en todo el tramo desde el mar hasta la sombrilla.
Como es de esperar, no se le escapa la atención femenina; la necesita como una
droga de atención para inseguros.
Asiento con la cabeza y lo veo alejarse hacia una sombrilla
cercana. Entabla una breve conversación con una mujer, y regresa entusiasmado,
como si hubiera tomado la mejor ola. Ella no vuelve a mirarlo. Él tampoco a
ella. Se sienta a mi lado y comenta lo hermoso que es estar frente al mar,
aunque dudo que, sin esa dosis femenina, hubiera pensado lo mismo.
Me besa con torpeza. Sonrío de lado y pienso que mejor
hubiera venido con una amiga, así podríamos reírnos un poco de él. Me abraza.
¡No! Punto débil. Pienso en un hogar, pero él le teme a lo verdadero, por eso
no puede ser hogar.
Visualizo a lo lejos un andar que acelera mis latidos.
¡Maldita sea! Mi ex, con su nueva pareja, y yo acompañada del “sigue morras 3
mil”. Digamos que el surfista es muy “atento”.
Ok.
—¿Qué tal, bro? —dice él—. Te presento a mi enamorada.
Pienso internamente: Claro, de seguro uno de sus likes
generosos mientras agarra el celular sentado en el váter.
—¡Hola! —lanzo una sonrisa en mute.
Está bien, mucho drama por hoy, me digo interiormente. Esto
tiene que saberlo mi mejor amiga para poder reírme a carcajadas. Ahorita no.
Ahorita no. (Nudo en la garganta).
Voy al baño, asegurándome de llevar todas mis pertenencias,
incluidas las sandalias. Tengo cosas de mujercita en mi bolso, y mi pareo es
fundamental para poder hacer una pequeña sombra sobre mi cabeza.
SOLEDAD
Amar la soledad intacta,
BUSCAR
Como si mi mirada pudiese
traspasar los objetos, busco mi chompa con prisa. Envuelta en el deseo de
querer rozar nuevamente mi piel en su textura. ¿Cuándo la vi por última vez?
Con la maleta en el suelo, mis
manos se convierten en una danza llena de gracia. La ropa sale como si
estuviera recitando un poema, y mis manos fueran las palabras. Experimento el
vacío y la belleza del gesto.
Pregunto a mis familiares si la
han visto. Tal vez alguien la robó del tendedero, observo a los vecinos con
recelo, pero... ¿una chompa? Quizá en ella encontraron lo mismo que yo: abrigo,
ligereza y esa extraña comodidad que experimenté en su abrigo.
CONTEMPLAR
Mi mirada se desliza sobre el mar, como un deseo mudo,
un estar a los pies de la belleza, del vaivén de las olas.
La soledad se disuelve, la brisa abriga:
un estar en el mundo, para el mundo.
Sintiéndome. Abrazándome.
EL GATO
Recurrí a terapia por aquella ansiedad que se encondía en mi garganta, no podía tragar. Los alimentos circulaban con facilidad por mi boca, pero no podía pasarlos. Estuve por dos largos años sujetando aquel terrible miedo de que pronto moriría atragantada, envuelta en pánico y en medio de un acto tan básico como es alimentarse.
Aquel pánico envolvió mi esencia
con facilidad. Llegué al punto en el que ni siquiera podía tomar agua. Mi
garganta estaba cerrada, aterrorizada y me sentía culpable.
Culpable porque durante toda mi
adolescencia yo me encargaba de que los alimentos salieran de mi estómago con
facilidad; al introducir mi dedo índice y medio con énfasis o simplemente,
dejando de comer. Es el karma, me repetía. Mientras sujetaba mi cuerpo,
envuelto en tristeza y desesperanza.
El psicólogo examinó mi infancia:
—¿Cuándo has sentido miedo por
primera vez?
Le respondí que no lo recordaba.
Intenté soltar su mano con total desprecio, pero él fue capaz de sujetarla y presionarla
sobre mis recuerdos:
—Cuando era pequeña, dormía en
medio de mis hermanos mayores. Por las noches despertaba con miedo. Buscaba con
la mirada algún espacio de la habitación que me brindara confianza, pero, por
el contrario. Terminaba por ver la silueta de un gato que no se movía, muy
cerca de la ventana.
Entonces bajaba de la cama en
total silencio e iba a buscar a mi padre: «papi, papi, tengo mucho miedo». Mi
padre ni siquiera me hablaba, se levantaba de la cama, me abrazaba y me llevaba
de la mano hacia la habitación, para terminar por dormir con nosotros».
—¿Le tienes miedo a los gatos? —me
preguntó el psicólogo.
—No, de hecho, tuve un gato
llamado Tulú y lo amaba.
Su mano seguía presionando mis
recuerdos:
—Cuando era más pequeña, mi
mamá me decía: «Si no comes, va a venir el gato… miau, miau». La advertencia de
su voz era clara, pero lo que me aterraba era la amenaza detrás de esa frase.
Si no comía, si no terminaba la comida en mi plato, el gato vendría. ¿Y qué
hacía el gato? No lo sabía, pero el simple hecho de que ella lo mencionara, me
aterraba. Así que comía con prisa, para evitar que el gato me alcanzara.
El psicólogo me hizo entender
que, quizás, ese miedo no venía solo de un gato real. Había algo más detrás de
esas noches en que no podía dormir tranquila. Ese gato, que nunca existió más
allá de la voz de mi madre o de mis noches llenas de terror, era la voz de mi
propio miedo. Miedo a lo desconocido, a no poder tragar nunca más, a
enfrentarme a lo incierto.
Era el miedo a mi relación con la
comida, con mi cuerpo, con lo que se esperaba de mí. «Comer» no era solo un
acto físico, sino una batalla emocional, una forma de protegerme, de evitar el
castigo, de huir del gato invisible.
La silueta del gato no ha vuelto
a parecer o quizás solamente se esconde de vez en cuando en mi garganta.
LA CARICIA
Hacía un calor insoportable, pero no fue eso lo que me despertó. Abrí los ojos en medio de la oscuridad al sentir una caricia en la frente, apenas un roce. Una presión suave, que fue capaz de aumentar mis pulsaciones. Medio dormido pensé que estaba a punto de salir de un mal sueño, pero volvió rápidamente. Lo sentí muchísimo más claro.
La caricia era tierna y a la vez
humana. Mi imaginación empezó a volar envuelta en el miedo de que quizás se
tratase de alguna sensación fantasma; mi difunta madre o alguna mujer
desconocida con dedos largos y fríos. Capaz de estremecer todo mi ser.
Mi cuerpo permanecía quieto,
tragué saliva con dificultad y al mantener la respiración, quise ser capaz de
escuchar un ruido, un paso, un murmullo que me indicaran que lo que estaba
sucediendo podía ser tangible.
Solamente fui capaz de escuchar
el bombardeo agitado de mi corazón y de sentir una sudoración exasperante
deslizándose sobre todo mi cuerpo.
Me quedé rondando el silencio.
Por un momento quise buscar rápidamente las sábanas y cubrir mi cuerpo en busca
de refugio, pero tampoco pude. El miedo seguía inmovilizándome y, aquella
caricia parecía no querer desaparecer.
Pasaron unos minutos o tal vez
horas, y en un acto de valentía, fui capaz de prender la lámpara de mi mesa de
noche. La luz fue un golpe en seco.
Levanté la mirada y allí estaba:
un almanaque viejo, pegado con cinta scotch en la pared, se había aflojado, y
su borde rozaba con suavidad mi frente.
JUEGOS MECÁNICOS
Aquel vértigo parece que no se trata del cuerpo, sino del alma.
EL JARDÍN DE LAS DELICIAS
Descendió al infierno con
aquellas palabras, abrió senderos luminosos, desnudó la humanidad. Cuando las
palabras se agotaron, cerró la libreta y recostó su espalda con comodidad en la
silla. Era un acertijo difícil de descifrar.
Las manos de Ana permanecían
juntas. Por un momento, me dio la impresión de que estaba rezando un Ave María.
Con la mirada llena de luz, soltó las palabras precisas:
—No sé por qué, pero me recuerda
al Bosco.
Susana respondió con una sonrisa
cargada de asombro:
—¡Qué cabrona!
ENTRE LÍNEAS
Pintura de Pablo Picasso
LENGUAJE
Presiona el verbo, escarba el sentir, sin decir nada, sin sentir nada.
Honda, convoca, sé una muestra de gratitud, de gracia exasperante.
Asimila los gestos como un número aislado, como un eco en el vientre.
La mirada quieta, el decir al borde.
Escribe vida, sé el gozo de la palabra, el hondo sentir, la paz, y la guerra.
Sé tú entre la tinta, la gratitud y la melancolía. Escribe cuando no pase nada y se desborde todo.
Sin sentido, sin pausa, sin ganas. Sé gozo, ternura y duda. Sé tú y la tinta en el mundo agrio, escribe y descubre tu sentir.
Ama la tinta y el fuego, pisa las cenizas. Vuela en paz, en medio de las palabras.







