TORPEZA AMOROSA

Aquí estoy, sentada en el pareo, visualizando el enorme mar, escuchando el ruido de las olas y tratando de descifrar el color perfecto que desdibuja el cielo con el agua. La verdad, nada de esto es poético.

Lo observo a él, saliendo del mar con su traje de surf mientras sujeta la tabla. Estoy segura de que no estoy tratando de adivinar la marca de la malla, sino que bordeo cada músculo apretado con mucha atención. Pero, ¿cómo no mirarlo? Si es guapo, encantador, divertido y rápido para hablar… pero también un gran desastre emocional con bíceps.

Tiene un catálogo de chicas orbitando a su alrededor como moscas alrededor de una copa de vino. No es capaz de poner la mano firme y, con sutileza, esparcir una pequeña corriente de aire para que alcen el vuelo. Y lamentablemente, yo soy una de esas moscas.

O bueno, no. Me considero una mujer que colecciona aventuras. O quizás simplemente estoy aburrida.

Estoy pensando en comentarle a mis amigas sobre este surfista encantador: “Usar para diversión” y agregarle un pequeño post-it de advertencia: “no quedarse sin terapia previa”.

Lo observo en todo el tramo desde el mar hasta la sombrilla. Como es de esperar, no se le escapa la atención femenina; la necesita como una droga de atención para inseguros.

Me dice:
—Ya regreso.

Asiento con la cabeza y lo veo alejarse hacia una sombrilla cercana. Entabla una breve conversación con una mujer, y regresa entusiasmado, como si hubiera tomado la mejor ola. Ella no vuelve a mirarlo. Él tampoco a ella. Se sienta a mi lado y comenta lo hermoso que es estar frente al mar, aunque dudo que, sin esa dosis femenina, hubiera pensado lo mismo.

Me besa con torpeza. Sonrío de lado y pienso que mejor hubiera venido con una amiga, así podríamos reírnos un poco de él. Me abraza. ¡No! Punto débil. Pienso en un hogar, pero él le teme a lo verdadero, por eso no puede ser hogar.

Visualizo a lo lejos un andar que acelera mis latidos. ¡Maldita sea! Mi ex, con su nueva pareja, y yo acompañada del “sigue morras 3 mil”. Digamos que el surfista es muy “atento”.

Se están acercando. ¿Es una broma?
Olvido por unos segundos que el surfista aún me abraza.
¡Camilo!, ¡mi Camilo! Caminando con su sonrisa de ensueño, ligera, y sí, agarrado de la mano de aquella chica.

Ok.

—¿Qué tal, bro? —dice él—. Te presento a mi enamorada.

¿De dónde se conocen? Una gotita de sudor cae por mi espalda:
—Jajaja, se me hace familiar —responde el surfista.

Pienso internamente: Claro, de seguro uno de sus likes generosos mientras agarra el celular sentado en el váter.

Y entonces el surfista agrega:
—Ana, te presento a mi hermana.

Pánico. Sudoración nerviosa. Mirada de error de sistema. De pronto siento muchísimo calor.
Camilo me ignora con naturalidad.

—¡Hola! —lanzo una sonrisa en mute.

Está bien, mucho drama por hoy, me digo interiormente. Esto tiene que saberlo mi mejor amiga para poder reírme a carcajadas. Ahorita no. Ahorita no. (Nudo en la garganta).

Uso el clásico:
—Ya regreso.

Voy al baño, asegurándome de llevar todas mis pertenencias, incluidas las sandalias. Tengo cosas de mujercita en mi bolso, y mi pareo es fundamental para poder hacer una pequeña sombra sobre mi cabeza.

Me levanto con torpeza. Amores torpes, me repito.
Una ojeada alrededor y me subo a la primera combi que encuentro.

Abro el celular y envío un mensaje:
Amiiiiiiiiiiiigaaaaaaaaaaaaaa, ¡a que no sabes lo que pasó!

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